Adriana Gómez Gómez
Directora Ejecutiva
Mamá de Juan Pablo (18) y Gabriel (15)
Con frecuencia hablamos sobre las personas jóvenes, pero pocas veces hablamos con ellas. O peor aún, pocas veces les vemos y escuchamos.
Las vemos cuando aparece una crisis. Cuando preocupa la salud mental o cuando los resultados educativos no son los esperados.
Deberíamos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo las personas adultas para comprender mejor a nuestros jóvenes y adolescentes?
Y es que, detrás de un “no pasa nada” o de monosílabos, muchas veces hay preguntas que todavía no encuentran palabras.
Por eso la escucha debe ir más allá… y generar confianza.
Quizá lo mejor que podemos hacer en agosto no sea hablar más sobre las personas adolescentes y jóvenes. Quizás sea: escucharlas mejor.
Es común pensar que esta generación lo tiene todo: acceso a información inmediata, tecnología, inteligencia artificial y oportunidades que hace pocos años parecían impensables. Sin embargo, también enfrenta niveles crecientes de soledad, ansiedad, presión social e incertidumbre sobre el futuro. Tener más herramientas no siempre significa sentirse más acompañado.
La adolescencia es una etapa de enorme creatividad, aprendizaje, construcción de identidad y desarrollo de habilidades que marcarán el resto de la vida. Es el momento en que se fortalecen la autonomía, el sentido de pertenencia, los proyectos de vida y la capacidad de tomar decisiones.
Pero nada de eso ocurre en el vacío.
Ocurre en familias, escuelas, comunidades y espacios digitales que pueden convertirse en factores protectores… o en factores de riesgo.

El acompañamiento y la confianza cambian vidas. Las personas adolescentes no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos presentes. Personas que hagan preguntas, pero que también sepan callar. Que sostengan incluso cuando no tienen todas las respuestas y que también sepan reír con ellas en medio de las preocupaciones cotidianas.
Por eso, en este Mes de la Juventud, mi invitación no es únicamente a reconocer a las juventudes como personas que transforman comunidades. Es también a revisar nuestra forma de relacionarnos con ellas. Preguntarnos si lo hacemos desde la competencia, pensando que la juventud viene a reemplazarnos; desde la amenaza frente a lo diferente; desde la distancia que nos impide comprenderlas; o incluso desde el desdén porque ven el mundo de una manera distinta.
¿Y si eligiéramos otro camino? El de la curiosidad. El de preguntar con interés genuino antes de asumir. El de confiar en sus capacidades antes de definirlas por sus dificultades. Porque la forma en que las personas adultas miramos a las juventudes también determina las oportunidades que ellas tienen para crecer, participar y construir su proyecto de vida.
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